Pasó un mes. Ya hacía tiempo que nos habíamos ido de Londres y ni Frank, ni Mer sabían nada de lo ocurrido en la fiesta. Nick y yo habíamos iniciado una relación pero no queríamos que nadie lo supiera aún, guardaríamos el secreto un tiempo y que los demás se enteraran cuando se enterasen. Habíamos dejado la obra de lado con la excusa de que el tiempo estaba mal para trabajar, pero lo cierto es que ninguno de los dos queríamos que Nick se fuera de casa, ya que por fin había cogido confianza y se encontraba a gusto allí.
Muchas noches asomaba la cabeza por la puerta de mi habitación y susurrando mi nombre hacía que le mirara, entonces se acercaba casi corriendo y entre risas empezaba a hacerme cosquillas. Después de estar un rato revolcándonos en la cama, una vez él abandonaba su intento de hacerme llorar de risa, me abrazaba con sus delicados brazos y dormíamos juntos. Más de una vez alguno de los dos acabó en el suelo, ya que la cama era demasiado pequeña. Y luego, cuando despertábamos, y de forma tierna, rozándonos el uno contra el otro, preparábamos el desayuno.
Fue una época feliz como ninguna. Cada día despertaba con motivos para sonreír, motivos por los que ponerme guapa. Ya no estaba sola, no sólo tenía a un chico fantástico, aunque con sus ataques de celos, sino que me acompañaban otras dos personas de las cuales me había hecho amiga inseparable: Mer y Frank.
Las cosas habían cambiado mucho en apenas un año, pero no me importaba mientras el cambio fuera tan positivo como aquel.
Cierto día, mientras Nick y yo desayunábamos en la cocina, llamaron a la puerta.
-Voy yo. –Dije mientras me levantaba de la silla y dejaba un suave beso en los labios de aquel chico de pelo negro.
Al abrir la puerta me encontré cara a cara con Amy, que venía muy arreglada para ser tan temprano.
-Buenos días, Amy. ¿Qué te trae por aquí?
-¿Está Nick en casa?
-No. –Mentí. -¿Por qué?
-Quería hablar contigo. –Entró y se sentó en el sofá
-¿Y bien? –Pregunté mientras me sentaba a su lado.
Entonces en un movimiento rápido me agarró por el cuello y acercándome hacia ella, me besó. El desconcierto y la preocupación de saber quién estaba en la cocina hicieron que la apartara de un empujón.
-¿Qué demonios haces? –Grité sabiendo que Nick me oiría.
-Reila, te quiero, ¿vale? Eres preciosa, divertida, inteligente… No sé, en serio, no sé por qué pero me muero por tus huesos. No soportaba verte con Ethan y no soporto pensar que no eres mía.
-Para empezar yo no soy de nadie. Y creo que deberías irte. –Dije intentando mantener la calma.
-Reila, me suicido, ¿eh? ¿Me oyes? Si no puedo estar contigo creo que nada merece la pena. –Confesó echándose a llorar.
-¿Me estás haciendo chantaje emocional?
-No, sólo te digo que te quiero, y que sin ti todo es negro, ¿entiendes? –Hizo en una pausa. –Yo no quiero vivir en un mundo negro –Se tapó la cara con las manos.
Las palabras casi no salían de su boca, aquello último había sonado como si el llanto ahogara sus palabras en un mar de lágrimas.
-Amy… Yo… Vete, ¿vale? Te llamaré esta noche, te lo prometo. Necesito pensarlo un poco.
Y después de hacerme jurar que lo pensaría, se fue.
Dejando un tiempo de margen para asegurarse de que Amy ya se habría ido, Nick salió de la cocina encolerizado.
-¿Qué? Me estás vacilando, ¿no? –Gritó. -¿Qué pollada es esa de que te lo vas a pensar?
- Cariño, ¿no la has oído? Se mata.
-¿Y tú la crees? Esa tía sólo quiere llamar la atención, joder.
Estaba muy cabreado, y lo podía notar en sus gentos, rápidos y enérgicos. Los ojos rojos delataban que podría echarse a llorar si su orgullo no se lo impidiese; y la forma en que se mordía el labio delataba sus celos enfermizos.
Hubo un momento de silencio.
-Podría fingir que salgo con ella… -Me atreví a proponer.
-No va en serio, ¿no? –Me miró fijamente. -¿De verdad crees que yo puedo estar aquí tranquilamente mientras sé que estás por ahí tirándote a la zorra de Amy? Eso si no me tengo que ir a un hotel y dejaros la casa.
-Nick, yo… -Miré al suelo- No soportaría la idea de que se suicidara por mi culpa. –Dije casi en un susurro.
-¡No es tu culpa! –Volvió a gritar. –Así que te lo has planteado en serio… Genial. Me voy. –Subió a ponerse algo para salir.
Desde abajo se podía oír el escándalo que estaba formando. Portazos, gritos y golpes venían de la planta alta.
-¿A dónde vas? –Pregunté una vez había bajado de nuevo.
-A donde sea, lejos de esta jodida casa y de tus gilipolleces. –Gritó antes de salir dando un portazo.
-Adiós… -Susurré mientras una única lágrima caía por mi mejilla.
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