miércoles, 31 de agosto de 2011

5.

Esa noche no se diferenciaba en nada a las anteriores. Vale, por la tarde había tenido unas plenas horas de sueño pero ahora volvía a atacarme el insomnio y por lo visto Nick también tenía problemas para dormir. Cada cierto tiempo oía cómo salía de la habitación y entraba en el baño, abría el grifo del lavamanos para después de unos momentos cerrarlos y volver a la cama. Sé que se acostaba porque oía cómo se dejaba caer sobre el colchón a través de la pared, pero a juzgar por la cantidad de vueltas que daba sobre sí mismo parecía que no pegaba ojo.

Rendida ante la imposibilidad de dormir me levanté.

-¿Estás bien? –Pregunté desde la puerta de la habitación en la que estaba Nick.

-Oh, ¿te he despertado? Lo siento, de verdad. Yo…

-No, no. Tranquilo… -Le interrumpí. –Si yo tampoco puedo dormir.

Entré y me senté a los pies de la cama. Nick se había sentado con las piernas cruzadas al oír que estaba en la puerta y había espacio suficiente como para que no nos tocáramos el uno al otro.

-¿Te preocupa algo?

¿De verdad esperaba que si me preocupaba algo se lo contara a él, que no le conocía de nada? Bueno, lo había metido en mi casa así que…

-No, pesadillas. Ya sabes…

-Sí, lo sé muy bien. –Parecía apenado.

-¿A sí? –Le miré.

-También tengo pesadillas.

-Bueno, ¿y qué aparece en tus pesadillas?

-Es privado.

-Venga, si me lo cuentas yo te cuento las mías. –Sonreí ligeramente. Y al instante pensé que era idiota, ¿desde cuándo me importaban las pesadillas de los demás? Bastante tenía con las mías.

Río por lo bajo.

-Las tuyas son fáciles de adivinar. Sueñas con la muerte de tus padres –Dijo con el rostro serio y agachando un poco la cabeza. Incluso diría que disminuyó levemente el todo de voz.

Me enfadé un poco. Creo que fue porque había perdido, una vez más. Con este chico era imposible ganar, siempre iba por delante… Como si me conociera y jugara con ventaja.

-Bueno, no me lo vas a decir, ¿no? –Pregunté seria y la situación me recordó a cuando le había preguntado su nombre.

Se lo pensó durante un momento, mirando la oscuridad que parecía devorar la ventada de la habitación. Estaba pensando cómo decirlo, seguro.

-Pues sale una chica.

-¿Cómo es? –Interrumpí de nuevo.

Me miro como si quisiera matarme y resumió:

-Muy guapa. Es una chica preciosa… Ella y yo nos conocemos por casualidades de la vida y aunque al principio no se atreven ni a tocarse al cabo del tiempo se enamoran y viven cosas maravillosas. –Hizo una pausa y me miró directa y prolongadamente a los ojos. –Pero un día la chica muere.

-¿Cómo muere? –Pregunté interesada mirándole a los ojos también.

-La asesinan.

-¿Quién?

-No lo sé. Siempre que estoy a punto de descubrir al imbécil que ha matado al amor de mi vida despierto y no consigo saber quién es para en el próximo sueño alejarla de él y ver cómo somos felices y comemos perdices. –Parecía que se sentía verdaderamente culpable.

-Tranquilo, sólo es un sueño. Seguro que nada de eso existe ni existirá jamás. –Intenté parecer positiva.

Bajó los ojos, que aún tenía clavados en los míos, miró mis labios unos segundos y apartó la mirada rápidamente.

-¿Puedo tomarme un té? –Preguntó tímidamente.

-Sí, vamos.

Bajamos a la cocina y tomamos el ya nombrado té. Nick parecía agotado, como si le hubieran dado una verdadera paliza.

Había conseguido que me contara bastante. Está bien empezar por saber lo que le atormentaba por las noches… Quería conocer a aquel chico, costara lo que costara y me llevara el tiempo que me llevara.

Miré cómo revolvía la bebida distraído y me di cuenta de que podría pasarme horas así, me hacía sentir muy bien. Era agradable examinar su perfil y resultaba curioso que a pesar de llevar dando vueltas en la cama durante horas tuviera el pelo exactamente igual que aquella mañana. Vale, lo tenía desordenado pero era un desorden armonioso. Hacía juego con su cara de niño y su mirada picarona. Lo que quiero decir es que le quedaba bien el pelo así, pegaba con su personalidad… o con lo poco que sabía de esta.

-Reila…

-¿Si?

-¿Podrías dejar de mirarme? Es que te estoy viendo por el rabillo del ojo y me estás poniendo nervioso.

Me sonrojé. Me sonrojé muchísimo y no tanto porque supiera que le estaba mirando sino por pensar en lo idiota que era por creer que me iba a decir algo bonito, algo profundo o misterioso. Como acostumbraba…

-Esto… Sí, lo siento. –Dejé mi taza de té vacía en el fregadero. –Creo que voy a la cama, a intentar dormir. –Salí corriendo, subí las escaleras y entré en mi habitación.

Después de un cuarto de hora oí que abrían un poco la puerta

-Reila, ¿estás dormida?

-No… -Admití.

martes, 30 de agosto de 2011

4.

Abrí los ojos. Me dolía todo… Es lo que tiene dormir en mala posición. Cojeando fui hasta el baño y tomé una larga ducha. Mientras salía al salón y me secaba el pelo miré el reloj: Las seis de la tarde. Aún era temprano. Abrí un poco la cortina para ver la casa de enfrente y allí estaba Nick. Sentado en una silla y dormido con todo su peso apoyado sobre la ventana. Sonreí porque me parecía tierno y porque no entendía qué hacía todo el día mirando por la ventana. ¿No tenía nada mejor que hacer?

Cerré de nuevo la cortina y estuve un rato en el ordenador, leyendo alguna historia que encontré por ahí. Me aburría mucho así que después de pensarlo durante un rato decidí salir a ver su casa.

Di unos toques en la ventana en la que reposaba y se despertó sobresaltado. Al verme se relajó e incluso diría que hizo un amago de sonreír. Me abrió la puerta.

-Hola. –Saludé tímidamente.

-Hola.

-¿Puedo pasar?

-Esto… Claro. –Dijo distraído.

La casa se encontraba vacía. Sólo estaba la silla que se hallaba en la ventada, una maleta y la caja que se había caído al suelo el día que tropezamos.

-Oh, qué casa tan bonita.- Bromeé. – ¿La has decorado tú o un especialista? –Río por lo bajo. Como si no quisiera que le oyera…

-Bueno, sé que no está muy allá…

Subí sin permiso al piso de arriba, ignorando lo que estaba diciendo y dejándolo a medias.

-¿Y dónde piensas dormir? –Pregunté al ver que las habitaciones no tenían más que polvo.

-Donde estaba haciendo hace cinco minutos. –Sonrió cómicamente y con semblante satisfecho.

-Bueno, pues ya tengo plan para esta tarde. Que para estar aburrida en casa… Te vienes conmigo de compras.

-Sólo tengo sesenta pavos. No creo que consigas mucho con eso…

-Yo puedo ayudarte. Tengo unos ahorros bastante grandes… No tenía pensado gastarlos en nada en particular y dado que tú los necesitas más que yo, te los regalo.

-No puedo aceptarlo. Buscaré trabajo y compraré todo lo que necesito cuando pueda. –parecía extrañado por mi proposición. Como si nadie hubiera sido amable con él en la vida, como si no se lo esperase.

-Ya, y mientras tanto a vivir del aire, ¿no? No seas estúpido. Ya me lo devolverás cuando consigas ese trabajo del que hablas.

Y sin darle tiempo a hablar salí de la casa y fui a buscar mis ahorros. No tuvo más remedio que seguirme y bueno, lo demás se puede imaginar: Pasamos toda la tarde de un sitio para otro para al final sólo comprar una cama, una cocinilla y una lavadora. Todo ello a domicilio.

No me imaginaba que al mudarse los dueños de la casa se lo habían llevado todo. Siempre me la había imaginado llena de cosas, me divertía pensar qué clase de objetos habría dentro o cómo estaría decorada. Me decepcionó ver que no había nada, pero claro, si te mudas es estúpido dejar tus cosas por detrás.

Las cosas de comer y de higiene básicas me ofrecí a dárselas yo. Es más, me ofrecí a prestarle mi casa mientras íbamos decorando la suya. Sí, iba a meter a un completo desconocido que perfectamente podría ser un psicópata en mi casa. Yo, la chica que no tenía redes sociales para no tener contacto con nadie, porque le parecían estúpidas. Pero la verdad es que me caía bien, y me parecía muy guapo. No admitiré que me gustaba, todavía no.

Aceptó mi propuesta a regañadientes y trajo su caja y su maleta a mi casa. Le ofrecí una de las dos habitaciones vacías y escogió la que más cerca estaba a la mía, pares con pared. Por la noche cenamos algo mientras comentábamos cómo podríamos decorar la casa y luego nos fuimos cada uno a su habitación con un “buenas noches” grabado en la frente.

No me aburriría en una temporadita…

jueves, 25 de agosto de 2011

3.

-Bueno, ¿me lo vas a decir o no? –Insistí.

-Nicholas. ¿El tuyo?

-¿Nicholas? No te ofendas pero es muy soso. Te llamaré Nick, ¿vale?

-¿El tuyo? –Preguntó de nuevo sin hacer caso a mi comentario.

-Reila.

Se quedó helado, y por fin apartó los ojos de mis labios para observarme a sombrado.

-Sí, es bastante original. –Sonreí.- ¿Te encuentras bien?- Le pregunté asustada e incómoda.

-Sí, vámonos.- Dijo apartando la mirada rápidamente.

Caminamos en silencio hasta la cafetería más cercana; él sin dejar de mirar hacia abajo, haciendo que fuera imposible verle los ojos; yo observando de reojo su perfil.

Una vez nos sentamos me contó que se mudaba aquí porque tenía una mala relación con sus padres, pero no me quiso contar mucho más. Sin embargo no paró de preguntarme cosas sobre mí. Y os juro que no sé cómo consiguió que le contara mi vida entera. Nick tenía un rostro tan sereno que me daba la confianza como para desahogarme y soltar todo lo que tenía dentro desde hacía dos años. Hizo que llorara, rompiendo así mi norma de no llorar en público, cuando conté por primera vez a alguien que mis padres había muerto en un incendio causado por una colilla. Había llorado mil veces por lo mismo pero nunca había tenido a alguien a mí lado escuchando cada palabra, mirando cada lágrima y secándolas con la mirada, sin llegar a tocarme.

Cuando me hube calmado fui al baño a mojarme la cara y al volver vi cómo Nick guardaba un papel en el que había escrito: “Es la chica de mis sueños.” Pero ni siquiera me fijé en él, no estaba para tonterías como un papel.

Me acompañó hasta la puerta de mi casa.

-Adiós. –Se despidió.

-Dame tu número. –Pedí.- Después de lo que te he contado no puedo dejar que te escapes, tienes que mantener un contacto conmigo si o si.- Sonaba raro, pero era la verdad.

-No te preocupes por eso…-Dijo tan bajo que no pude oírle y me dicto su número de móvil.

Después cruzó la calle y se metió en su casa, fue entonces cuando cerré la puerta.

Tenía un dolor de cabeza terrible así tomé una ducha caliente y me puse algo abrigado, puesto que tenía frío. Me acosté en el sillón con la intención de pensar sobre por qué le había contado todo lo que le había contado a ese chico que acababa de conocer y no era capaz de hacerlo con mi abuela, la persona que más se había preocupado por mí en estos años.

Sonó el teléfono. Hablando de la reina de Roma…

-¿Se puede saber dónde estabas? Te he llamado tres veces. Pensé que habrías hecho alguna de tus estupideces –Mi abuela se refería a suicidarme o algún acto de vandalismo que me hubiera llevado a un reformatorio.

-Lo siento, Nana. Es que anoche salí a ver una película y esta mañana a desayunara a la cafetería.

-¿Y eso?-Preguntó con curiosidad apartando todo su enfado.

-Ya ves. Hay un chico…

-Oh, dios mío. No me digas más. ¿Cuánto lleváis juntos?- Me interrumpió.

-Iba a decir que hay un chico nuevo en el vecindario y que he salido a desayunar con él para que no se sienta sólo. –Reí un poco. Mi Nana era la única que conseguía que riera.

- Ah… -Sonó extrañada.

-Bueno, abuela, te dejo que tengo cosas que hacer –Mentí para evitar otro interrogatorio.

-Adiós, niña. Te quiero.

-Y yo.

Colgamos al mismo tiempo y me cuestioné por qué le había contado una verdad a medias. Tenía que haberle dicho que Nick era como yo y que tenía el extraño poder de hacerme hablar; que era muy misterioso y que a pesar de haberle conocido esa misma mañana y no saber absolutamente nada más que su nombre me caía bien. Y no porque fuera simpático, ni agradable sino porque hacía que yo me sintiera libre y abierta a lo extraño.

Entonces empecé a sentir cómo caían mis párpados, cada vez más pesados. Cómo subían y bajaban igual que un péndulo moviéndose de un lado al otro. Las noches en velas empezaban a desaparecer y me dormí. Dormí seis largas horas sin una sola pesadilla que me despertara.

lunes, 22 de agosto de 2011

2.

El chico con el que me había cruzado en la esquina miraba a través de la ventana. Supe que era él por su corta melena negra y su inconfundible camiseta de Black Veil Brides. Me miraba fijamente, me inspeccionaba de forma incesante, lo que hizo que me cohibiera y cerrara las cortinas. Eso nunca había pasado, normalmente era yo la que intimidaba a la gente, a pesar de ser muy tímida.

Decidí terminar de leer el libro y me “dormí” a las tres de la mañana. Pongo dormir entre comillas porque no se le puede llamar dormir cuando te despiertas cada media hora por culpa de las pesadillas, eso cuando llegaba a acostarme, claro.

A la mañana siguiente tomé una ducha y me puse unas braguitas y una camiseta de manga corta, algo cómodo para estar por casa. A pesar de ser invierno yo no tenía frío. Abrí las cortinas para que entrara un poco de luz y le vi. Seguía donde mismo había estado la noche anterior, como si no se hubiera movido, pero ahora llevaba otra camiseta. En esta ocasión tampoco pude fijarme en su físico, sólo en sus finos labios, los cuales no mostraban ni un atisbo de sonrisa.

Puse música. Nada me sentaba mejor por la mañana que poner Escape the Fate a todo volumen. Y empecé a escribir, se podía decir que los labios de aquel chico me habían inspirado.

“Baladas en el desquebrajado aire: desesperación. Se ven nubes de tormenta allá en el horizonte, pero no muestran dolor, nada de debilidad. Veo cómo la ira crece, cómo recorre mi cuerpo. Bueno, más que verlo lo siento.” Narré en mi viejo cuaderno. Entonces alguien llamó a la puerta; sería el de la luz, que aún no había pasado a cobrar el mes.

Abrí la puerta mirando hacia el suelo, como tenía por costumbre y lo primero que vi fuero unas desgastadas Converse negras. Fui subiendo y pude ver unos vaqueros rotos por las rodillas, y más arriba una camiseta negra con el dibujo de una calavera. El rostro del chico de enfrente me miraba absorto, como lo había hecho la noche anterior, cuando recogía sus cosas; como lo hacía desde la ventana. Entonces pude fijarme en que era un chico delgado, más o menos de mi estatura. Los ojos que me observaban eran de un azul cielo y parecían no haber dormido en semanas, como los ojos de un loco. Aquel chico tenía lo que yo llamaba una nariz “perfecta”, igualita a la de Kurt Cobain. Claro que este chaval tenía la tez mucho más pálida que la del cantante.

-Hola, ¿quieres algo? –Me atrevía a decir, sacándolo de su ensimismamiento.

-Esto… Hola. –Dijo sacando las manos, que tenía enfundadas en un par de guantes negros, de los bolsillos y tendiéndome mi Ipod. –Lo encontré en mi caja y pensé que era el mío, pero luego me di cuenta de que, a pesar de tener prácticamente la misma música, esta está organizada de otra manera, Lo siento. –Explicó.

-Oh, gracias. Pensé que tendría que comprarme uno nuevo. –Contesté aliviada.

-Bueno, pues adiós.

Justo en ese momento y no sé por qué, me di cuenta de que seguía en ropa interior y me ruboricé un poco.

-No hombre, pasa. –No tengo ni idea de qué me pasó, en mi vida habría invitado a un extraño a entrar en mi casa así por el morro. Supongo que el chaval no estaba nada mal. –Me pongo algo de ropa y salimos a desayunar, si quieres.

-¿De verdad? –Preguntó.

-Claro.

Entramos y subí a cambiarme, pude notar cómo su mirada se clavaba en mis piernas desnudas y, extrañamente, no me importó. Me puse un short vaquero, una camiseta de Iron Maiden varias tallas más grande de lo necesitaba y mis converse negras.

-¿No tienes frío?- Preguntó el chico al verme.

-No. –Dije rotunda. –Por cierto, ¿cómo te llamas?

-¿Por qué quieres saberlo?

-Hombre, me gusta saber con quién salgo a desayunar. –Reí ligeramente.

-Si te dijera cómo me llamo no sabrías con quién sales a desayunar, sólo su nombre. –Dijo bajando la mirada de mis ojos a mis labios sin pestañear.

domingo, 21 de agosto de 2011

1.

Eran las siete de la tarde y estaba leyendo “14 relatos oscuros”, algo acorde con mi personalidad puesto que yo era bastante oscura. Leía mucho, ya que vivía sola a pesar de tener sólo 16 años, pero nada de romances, no soportaba esas estúpidas historias tan inverosímiles. No había pisado el instituto desde hacía bastante tiempo, pero no me quedaba atrás en los estudios. Se podía decir que internet era mi profesor y mi habitación, la clase. Salía de mi casa lo justo y necesario: para hacer la compra y poco más. Tampoco tenía con quién salir o qué hacer por ahí. Vivía y pagaba mis lujos con una pensión de orfandad que me daban por la muerte de mis padres.

Cuando terminé de de leer el relato número diez decidí salir a ver una película. Me vestí: camiseta negra con la frase “Fuck this shit” en blanco, pantalón vaquero con las rodillas rajadas y converse negras. Llevaba el pelo, teñido de azul, suelto y la muñeca derecha llena de pulseras con pinchos, símbolos, frases, etc. Mientras que en la izquierda llevaba una muñequera de Nirvana.

Cogí dinero para el cine y mi Ipod. Lo encendí, me puse los cascos y empezó a sonar Get SCARED. Por la calle me crucé con un par de de personas, todas bien abrigadas. Era una noche de invierno muy fría, pero me daba igual, ya podría darme un ataque de hipotermia allí mismo que ni a mí ni a nadie le iba a importar. Entre lo delgada que estaba y las enormes ojeras que surcaban mi rostro cualquiera pensaría que era una drogadicta, y la verdad es que no había probado una sola droga en mi vida. Ni siquiera el tabaco, eso era lo que había matado a mis padres y no iba a caer en ese saco. Nadie se apiadaría de mí con las pintas que llevaba.

Cuando crucé la esquina de mi calle alguien tropezó conmigo y la caja que llevaba en las manos cayó al suelo.

-Oh, perdón. –Dijimos a unísono.

Me agaché inmediatamente para recogerlo todo: Libros, CD’s y cuadernos. Perfectamente aquello podía haber sido mío. Y mientras yo metía las cosas dentro de la caja la otra persona me miraba desde arriba, sin moverse y sin hablar. Cuando hube terminado me levanté y se la tendí, entonces pude ver sus ojos, o parte de ellos porque el flequillo negro no me dejaba apreciar bien su mirada. Sólo veía las ojeras bien marcadas que se le notaban por debajo. Era un chico, eso estaba claro, no conseguía verle bien debido a que era una noche muy cerrada.

Cogió su caja y se fue tan rápido que no me dio tiempo a decirle nada. No le di importancia. Entonces me di cuenta de que había puesto mi Ipod junto con las otras cosas y me di la vuelta para alcanzarle, pero no había ni rastro de él.

-Bah, no merece la pena. Ya me compraré otro. – dije con mi indiferencia habitual. Y seguí caminando.

Llegué a casa cansada y con una extraña sensación en el cuerpo. Casi no había prestado atención a la película, no podía dejar de pensar en aquel chico que parecía tan singular.

Nunca me había topado con alguien como yo, yo era la única “rarita” en la zona y bueno, al principio no le di importancia pero luego empecé a sentir cierta curiosidad por encontrar a alguien con quien compartir mis gustos.

Miré por la ventana porque me había parecido oír llover y me encantaba mirar las gotas caer sobre el cristal. Pero lo único que vi fue la luz de la casa de enfrente, que estaba encendida.

-Imposible, ahí no vive nadie desde hace dos años. ¿La habrán vendido? –pensé.

En ese momento alguien abrió la cortina, y pude ver quién era.