jueves, 25 de agosto de 2011

3.

-Bueno, ¿me lo vas a decir o no? –Insistí.

-Nicholas. ¿El tuyo?

-¿Nicholas? No te ofendas pero es muy soso. Te llamaré Nick, ¿vale?

-¿El tuyo? –Preguntó de nuevo sin hacer caso a mi comentario.

-Reila.

Se quedó helado, y por fin apartó los ojos de mis labios para observarme a sombrado.

-Sí, es bastante original. –Sonreí.- ¿Te encuentras bien?- Le pregunté asustada e incómoda.

-Sí, vámonos.- Dijo apartando la mirada rápidamente.

Caminamos en silencio hasta la cafetería más cercana; él sin dejar de mirar hacia abajo, haciendo que fuera imposible verle los ojos; yo observando de reojo su perfil.

Una vez nos sentamos me contó que se mudaba aquí porque tenía una mala relación con sus padres, pero no me quiso contar mucho más. Sin embargo no paró de preguntarme cosas sobre mí. Y os juro que no sé cómo consiguió que le contara mi vida entera. Nick tenía un rostro tan sereno que me daba la confianza como para desahogarme y soltar todo lo que tenía dentro desde hacía dos años. Hizo que llorara, rompiendo así mi norma de no llorar en público, cuando conté por primera vez a alguien que mis padres había muerto en un incendio causado por una colilla. Había llorado mil veces por lo mismo pero nunca había tenido a alguien a mí lado escuchando cada palabra, mirando cada lágrima y secándolas con la mirada, sin llegar a tocarme.

Cuando me hube calmado fui al baño a mojarme la cara y al volver vi cómo Nick guardaba un papel en el que había escrito: “Es la chica de mis sueños.” Pero ni siquiera me fijé en él, no estaba para tonterías como un papel.

Me acompañó hasta la puerta de mi casa.

-Adiós. –Se despidió.

-Dame tu número. –Pedí.- Después de lo que te he contado no puedo dejar que te escapes, tienes que mantener un contacto conmigo si o si.- Sonaba raro, pero era la verdad.

-No te preocupes por eso…-Dijo tan bajo que no pude oírle y me dicto su número de móvil.

Después cruzó la calle y se metió en su casa, fue entonces cuando cerré la puerta.

Tenía un dolor de cabeza terrible así tomé una ducha caliente y me puse algo abrigado, puesto que tenía frío. Me acosté en el sillón con la intención de pensar sobre por qué le había contado todo lo que le había contado a ese chico que acababa de conocer y no era capaz de hacerlo con mi abuela, la persona que más se había preocupado por mí en estos años.

Sonó el teléfono. Hablando de la reina de Roma…

-¿Se puede saber dónde estabas? Te he llamado tres veces. Pensé que habrías hecho alguna de tus estupideces –Mi abuela se refería a suicidarme o algún acto de vandalismo que me hubiera llevado a un reformatorio.

-Lo siento, Nana. Es que anoche salí a ver una película y esta mañana a desayunara a la cafetería.

-¿Y eso?-Preguntó con curiosidad apartando todo su enfado.

-Ya ves. Hay un chico…

-Oh, dios mío. No me digas más. ¿Cuánto lleváis juntos?- Me interrumpió.

-Iba a decir que hay un chico nuevo en el vecindario y que he salido a desayunar con él para que no se sienta sólo. –Reí un poco. Mi Nana era la única que conseguía que riera.

- Ah… -Sonó extrañada.

-Bueno, abuela, te dejo que tengo cosas que hacer –Mentí para evitar otro interrogatorio.

-Adiós, niña. Te quiero.

-Y yo.

Colgamos al mismo tiempo y me cuestioné por qué le había contado una verdad a medias. Tenía que haberle dicho que Nick era como yo y que tenía el extraño poder de hacerme hablar; que era muy misterioso y que a pesar de haberle conocido esa misma mañana y no saber absolutamente nada más que su nombre me caía bien. Y no porque fuera simpático, ni agradable sino porque hacía que yo me sintiera libre y abierta a lo extraño.

Entonces empecé a sentir cómo caían mis párpados, cada vez más pesados. Cómo subían y bajaban igual que un péndulo moviéndose de un lado al otro. Las noches en velas empezaban a desaparecer y me dormí. Dormí seis largas horas sin una sola pesadilla que me despertara.

No hay comentarios:

Publicar un comentario