lunes, 22 de agosto de 2011

2.

El chico con el que me había cruzado en la esquina miraba a través de la ventana. Supe que era él por su corta melena negra y su inconfundible camiseta de Black Veil Brides. Me miraba fijamente, me inspeccionaba de forma incesante, lo que hizo que me cohibiera y cerrara las cortinas. Eso nunca había pasado, normalmente era yo la que intimidaba a la gente, a pesar de ser muy tímida.

Decidí terminar de leer el libro y me “dormí” a las tres de la mañana. Pongo dormir entre comillas porque no se le puede llamar dormir cuando te despiertas cada media hora por culpa de las pesadillas, eso cuando llegaba a acostarme, claro.

A la mañana siguiente tomé una ducha y me puse unas braguitas y una camiseta de manga corta, algo cómodo para estar por casa. A pesar de ser invierno yo no tenía frío. Abrí las cortinas para que entrara un poco de luz y le vi. Seguía donde mismo había estado la noche anterior, como si no se hubiera movido, pero ahora llevaba otra camiseta. En esta ocasión tampoco pude fijarme en su físico, sólo en sus finos labios, los cuales no mostraban ni un atisbo de sonrisa.

Puse música. Nada me sentaba mejor por la mañana que poner Escape the Fate a todo volumen. Y empecé a escribir, se podía decir que los labios de aquel chico me habían inspirado.

“Baladas en el desquebrajado aire: desesperación. Se ven nubes de tormenta allá en el horizonte, pero no muestran dolor, nada de debilidad. Veo cómo la ira crece, cómo recorre mi cuerpo. Bueno, más que verlo lo siento.” Narré en mi viejo cuaderno. Entonces alguien llamó a la puerta; sería el de la luz, que aún no había pasado a cobrar el mes.

Abrí la puerta mirando hacia el suelo, como tenía por costumbre y lo primero que vi fuero unas desgastadas Converse negras. Fui subiendo y pude ver unos vaqueros rotos por las rodillas, y más arriba una camiseta negra con el dibujo de una calavera. El rostro del chico de enfrente me miraba absorto, como lo había hecho la noche anterior, cuando recogía sus cosas; como lo hacía desde la ventana. Entonces pude fijarme en que era un chico delgado, más o menos de mi estatura. Los ojos que me observaban eran de un azul cielo y parecían no haber dormido en semanas, como los ojos de un loco. Aquel chico tenía lo que yo llamaba una nariz “perfecta”, igualita a la de Kurt Cobain. Claro que este chaval tenía la tez mucho más pálida que la del cantante.

-Hola, ¿quieres algo? –Me atrevía a decir, sacándolo de su ensimismamiento.

-Esto… Hola. –Dijo sacando las manos, que tenía enfundadas en un par de guantes negros, de los bolsillos y tendiéndome mi Ipod. –Lo encontré en mi caja y pensé que era el mío, pero luego me di cuenta de que, a pesar de tener prácticamente la misma música, esta está organizada de otra manera, Lo siento. –Explicó.

-Oh, gracias. Pensé que tendría que comprarme uno nuevo. –Contesté aliviada.

-Bueno, pues adiós.

Justo en ese momento y no sé por qué, me di cuenta de que seguía en ropa interior y me ruboricé un poco.

-No hombre, pasa. –No tengo ni idea de qué me pasó, en mi vida habría invitado a un extraño a entrar en mi casa así por el morro. Supongo que el chaval no estaba nada mal. –Me pongo algo de ropa y salimos a desayunar, si quieres.

-¿De verdad? –Preguntó.

-Claro.

Entramos y subí a cambiarme, pude notar cómo su mirada se clavaba en mis piernas desnudas y, extrañamente, no me importó. Me puse un short vaquero, una camiseta de Iron Maiden varias tallas más grande de lo necesitaba y mis converse negras.

-¿No tienes frío?- Preguntó el chico al verme.

-No. –Dije rotunda. –Por cierto, ¿cómo te llamas?

-¿Por qué quieres saberlo?

-Hombre, me gusta saber con quién salgo a desayunar. –Reí ligeramente.

-Si te dijera cómo me llamo no sabrías con quién sales a desayunar, sólo su nombre. –Dijo bajando la mirada de mis ojos a mis labios sin pestañear.

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